El 24 de marzo de 2007, el acto de recuperación del ex campo de concentración de La Perla marcó el punto de partida de un ciclo virtuoso de Memoria, Verdad y Justicia en Córdoba, que se alimentó de una historia de décadas de lucha contra la impunidad.

Por Alexis Oliva para Revista EL SUR

Paraguas, impermeables, pancartas y banderas pintaban la imagen de la marea humana que bajo el velo gris de una lluvia incesante esquivaba charcos, se sacudía el barro, sudaba por el esfuerzo y la emoción y subía la colina desde la autopista Córdoba–Carlos Paz hacia la entrada del –hasta ese día– predio militar de La Perla. Era el triunfal avance de una infantería popular, como en una revolución.

Aquella jornada tuvo también una potente banda sonora, en la sinfonía de los reencuentros y abrazos, en los cánticos y aplausos, en las canciones de León Gieco, en los discursos de las referentes de derechos humanos y del presidente Néstor Kirchner, en el crujir de recuerdos que se habrían paso desde las entrañas para –por fin– convertirse en palabras.

Hacia el mediodía, en un momento solista de la sinfonía, Gieco cantó La Memoria y al encarar el verso que dice “dignidad de Rodolfo Walsh” la multitud estalló en un brote colectivo de lágrimas y una ovación. Fue un espontáneo tributo al periodista y militante revolucionario que en su Carta Abierta a la Junta Militar –publicada el 24 de marzo de 1977, el día antes de su asesinato– denunció, entre otros crímenes y despojos, cómo “ha ganado sus laureles el general (Luciano) Benjamín Menéndez”, con el asesinato masivo de prisioneros “en variadas aplicaciones de la ley de fuga ejecutadas sin piedad y narradas sin pudor”. Además, mencionaba “un verdadero cementerio lacustre”, descubierto por “un vecino que buceaba en el Lago San Roque”, a veinte kilómetros de La Perla.

A 31 años del golpe de Estado que convirtió ese cuartel en el mayor campo de concentración, tortura y exterminio del interior del país, por el que pasaron más de dos mil prisioneros políticos, de los que siete de cada diez siguen desaparecidos, aquel día lluvioso el Estado nacional transfería tres hectáreas y media a la Provincia de Córdoba, bajo la responsabilidad de la Comisión Provincial de la Memoria, para construir un espacio para la memoria y los derechos humanos.

A instancias de los sobrevivientes de La Perla –en particular Teresa Meschiatti, Susana Sastre y Liliana Callizo– Kirchner tomó la decisión política y puso la iniciativa en manos de su secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, y los organismos de derechos humanos de Córdoba. Y el mismo Presidente, acompañado por su gabinete y las autoridades provinciales –excepto el gobernador José Manuel de la Sota, de viaje por Estados Unidos– presidió el acto de recuperación del predio. 

Los genocidas y los otros

Hubo ese día discursos que pasarían a la Historia. “Soy la madre de Silvina Parodi (secuestrada con su esposo, Daniel Orozco). Ellos, como tantos jóvenes entonces, se conocieron y se enamoraron, tuvieron a su hijo, que había crecido en la panza de mi hija hasta el séptimo mes cuando fueron secuestrados. Todavía busco a mi nieto”, se presentó Sonia Torres, titular de Abuelas de Plaza de Mayo en Córdoba, ante esa multitud cuyas lágrimas se confundían con la lluvia.

Referente de Familiares de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, Emilia Villares D’Ambra, madre de los militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) Alicia D’Ambra, secuestrada el 13 de julio de 1976 en la ciudad de Buenos Aires –posiblemente embarazada– y Carlos D’Ambra, desaparecido en Córdoba el 20 de noviembre del 76 y visto en el campo de La Perla, citó al líder lucifuercista Agustín Tosco para rendir homenaje a “los que son, fueron y serán represaliados, aunque al final llegaremos a la victoria de conocer un país sin explotadores ni explotados”.

Hija del dirigente sindical Tomás “Titi” Di Toffino, segundo de Tosco en Luz y Fuerza, prisionero en La Perla desde su secuestro el 30 de noviembre de 1976 hasta su asesinato en febrero del 77, Silvia Di Toffino leyó el discurso de H.I.J.O.S, iniciado con un párrafo al que los juicios por venir aportarían abundante evidencia: “Los genocidas no estuvieron solos (…) Contaron con el apoyo de gran parte de la clase dirigente del país, de los políticos de los partidos tradicionales, de los grandes terratenientes y su Sociedad Rural, de la burocracia sindical que les proporcionaba las listas de los delegados fabriles, de tantos periodistas e intelectuales que escribían elogios, de la cúpula eclesiástica que bendecía sus crímenes y de las grandes empresas nacionales y multinacionales que los apoyaron y se enriquecieron”. También mencionó el aval de “muchos gobiernos del mundo, encabezados por los Estados Unidos” y la colaboración de “cientos de funcionarios y jueces del Poder Judicial. Hoy muchos de ellos siguen en sus cargos demorando el avance de los juicios a los asesinos”.

La Justicia lenta y el señor cobarde

El discurso fue ovacionado por la multitud y aplaudido por el Presidente. Tres años antes, Kirchner había ordenado bajar los cuadros de los dictadores en el Colegio Militar de la Nación. Por la tarde de aquel 24 de marzo de 2004 –el primero en su gobierno– “derogó” durante su discurso en la ESMA la teoría de los “dos demonios”. En Córdoba, recorrió con un grupo de sobrevivientes las instalaciones del ex campo de concentración –que luego del acto volvería a recorrer– y pudo “ver y palpar el horror”. Al comenzar su discurso, nuevamente pidió perdón a víctimas y familiares en nombre del Estado argentino.

Empapado por la lluvia, despeinado, con el traje desabrochado y la camisa suelta, se dirigió a los responsables institucionales de la impunidad: “Quiero decirle a la Justicia y sé que el Consejo de la Magistratura me va a escuchar: ¡Basta, por favor! ¡Basta! ¡Juicio y castigo! Necesitamos que los juicios se aceleren. ¿Cuál es el compromiso que tienen algunos integrantes de la Justicia? ¿Qué pasa en aquella Cámara de Casación, por dar un ejemplo, donde están parados hace años juicios que deberían estar en marcha? ¿Quiénes son los fiscales de esa Cámara de Casación? Señores, es hora de que todos, desde donde podamos, hagamos todo el esfuerzo. No estamos invadiendo otro poder, estamos pidiendo que funcione”.

Luego adjudicó a los sobrevivientes, familiares y militantes el mérito de recuperar La Perla: “Este predio es el signo de la victoria de vuestra lucha, que lo recuperan para la memoria del pueblo”. “¡La Perla es nuestra, la puta que los parió!”, cantaba la multitud. También mencionó a quienes “mataron y torturaron aquí, como ese mayor (Ernesto) Barreiro que se escapó del país” y a su comandante, por entonces todavía en libertad: “Señor Luciano Benjamín Menéndez. No te voy a decir general porque ni eso te merecés. Tené en claro que sos un cobarde. Tené en claro que los argentinos saben quién sos y que estás escondido en tu casa. Tendrías que estar en una cárcel común, que es donde tienen que estar los delincuentes y los asesinos”. En respuesta, el público coreó: “¡Vení Menéndez, vení mirá: los subversivos cada día somos más!”.

Al último párrafo, lo dedicó “al compañero (Julio) López”, secuestrado el 18 de septiembre de 2006 después de atestiguar en el juicio contra el represor Miguel Etchecolatz y aún desaparecido. “Ahí están la amenaza, el terror –dijo Kirchner–. Ahí están ellos. A él no se lo llevaron dos o tres distraídos, sino los de siempre, y lo tenemos que encontrar vivo, por todos los argentinos y su familia, como signo de que podemos dar vuelta ese mecanismo perverso del temor para garantizar la impunidad”.

Que la tortilla se vuelva

Emiliano Fessia es hijo de Carlos Fessia y Nidia Fontanellas, militantes de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) asesinados por el Ejército en el barrio porteño de Liniers, el 18 de noviembre de 1976. Emiliano integró el grupo fundador de H.I.J.O.S y aquel 24 de marzo de 2007 era uno de los encargados de custodiar del acto. Calzaba el chaleco de seguridad y un pañuelo de su organización. Ni se imaginaba que dos años después, de saco y camisa, iba a estrenar en ese mismo lugar el cargo de director del Espacio Para la Memoria y la Promoción de los Derechos Humanos de La Perla.

“Para lograr que ese acto saliera como salió –recuerda Fessia– se articularon instituciones y organizaciones de la sociedad civil de diferente signo político, con un objetivo común, porque como dice su misión La Perla es para todos y todas. Para construir una cultura de la democracia basada en los derechos humanos, no sólo civiles y políticos, sino también los económicos, sociales y culturales. Bajo la lectura histórica de los organismos, de que el genocidio no tuvo como fin solamente exterminar a militantes políticos populares, sino sobre todo imponer este modelo injusto llamado neoliberalismo. A pesar de ese gran trabajo, parece que no alcanza y como sociedad todavía nos falta construir memorias, sobre todo para asumir que no se pueden entender los Menem y los Macri sin los Menéndez y los Videlas”.

Ana Mohaded es sobreviviente de La Perla, donde estuvo doce días desaparecida. Luego juzgada por el régimen de Menéndez en una corte marcial, fue absuelta pero la recluyeron varios años como presa política. Al salir en libertad, se recibió de licenciada en Cine y Televisión y en Comunicación Social y trabajó como realizadora audiovisual. Brindó su testimonio ante la Comisión Nacional por la Desparición de Personas (Conadep), en el Juicio a las Juntas y en los procesos de lesa humanidad en Córdoba. Desde hace años es docente y hoy decana de la Facultad de Artes de la UNC, donde estudiaba cuando la secuestraron en noviembre de 1976. El 24 de marzo de 2007, llegó a La Perla en un colectivo especial para los y las sobrevivientes, testigos principales en los juicios que sobrevendrían en los años por venir.

De aquel día, Ana evoca “la multitud y la lluvia, como un bautismo del cielo a una nación con derechos, que emparentaba con el 25 de Mayo”. Además, recuerda la recorrida con el presidente Néstor Kirchner por la cuadra donde alojaban a los prisioneros: “Yo no había vuelto a entrar ahí, salvo en una visita con la Conadep, pero esta vez fue distinto. Estaban ahí otras y otros sobrevivientes, estaba la prensa y Kirchner iniciando esa caravana como quien parte… A ver, no quiero decir ‘parte el hueco del dolor’, porque el dolor de los que no están no hay modo de llenarlo. Pero había ahí una flecha que transformaba eso en otra cosa”.

Julia Soulier es la hermana menor de Luis Roberto y Juan Carlos Soulier, militantes de Fuerzas Armadas de Liberación 22 de Agosto secuestrados y desaparecidos entre el 15 y el 16 de agosto del 76, cuyos victimarios fueron condenados en el juicio “Diedrichs – Herrera”, el último de lesa humanidad en Córdoba. Actualmente, Julia dirige el Espacio para la Memoria de La Perla.

Para Julia, fue una jornada paradojal: “Recuerdo la alegría que nos invadía camino a La Perla… y al ingresar, una inmensa emoción atravesada por el dolor. Recorrer por primera vez el lugar donde nuestros seres queridos perdieron la vida fue muy fuerte, pero también el inicio de un proceso reparador: una instancia de festejo, por el reconocimiento a la lucha de las viejas, de los hijos de las víctimas y de los organismos de derechos humanos, con un escenario donde la presencia del presidente Néstor Kirchner, entregando La Perla y reclamando a la Justicia Federal el juzgamiento de los genocidas, fue la mayor representación de aquellas juventudes luchadoras que dieron la vida por una sociedad más justa”.

Roberto “Pecho” Bardach, militante del PRT y preso político de la dictadura de Videla, luego titular del Sindicato de Publicidad, era en 2007 secretario general de la CTA Córdoba Capital. A cargo de uno de los colectivos contratados por la central sindical cordobesa, no se sentó en ningún momento del viaje desde Cañada y Duarte Quirós hasta La Perla. De a ratos conversaba en el pasillo del coche y la mayor parte del tiempo, parado al lado del conductor, miraba en silencio a través del parabrisas mojado ese recorrido que varios familiares y muchos compañeros hicieron sin poder ver, y la mayoría sin poder volver.

Roberto también rememora el dolor –“mi hermano (Alejandro Bardach), mi compañera Poupé (Celeste Seydell) y mi cuñado (Pascual Seydell) pasaron por ahí”– en contraste con “la emoción de escuchar a León Gieco y ver al Presidente de la Argentina abrazado con las Abuelas y las Madres de Plaza de Mayo”. Y rescata el recuerdo de otro abrazo: “Liliana Callizo, una sobreviviente que había sufrido muchísimo, estaba ahí abrazándose con el Presidente. Eso significaba que la tortilla se había dado vuelta y resumía la cantidad de compañeros y compañeras que pasaron por eso y ahí se los reivindicaba como lo que realmente fueron: militantes”.

Fotografías: Mariano Paiz.


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